Cuando entramos en una galería y encontramos una exposición terminada, todo parece estar en su sitio. Las obras han sido seleccionadas, colocadas en el espacio y ordenadas de una determinada manera, y existe una cierta sensación de que todo responde a una decisión previa. Sin embargo, lo que vemos en una exposición es solo una parte muy pequeña de lo que ha ocurrido antes de que esas obras llegaran allí. En el estudio las cosas suelen ser bastante menos ordenadas.
Junto a las piezas que finalmente se muestran hay otras que quedaron a medio camino, trabajos que llevan meses apoyados contra una pared, dibujos que acabaron guardados en una carpeta o pinturas que el artista decidió dejar de lado porque ya no sabía hacia dónde llevarlas. Algunas volverán a aparecer en algún momento. Otras probablemente no lo harán nunca. Y, aun así, todas han formado parte del proceso.
Lo que queda atrás
No necesariamente las obras que se quedan fuera de una exposición son obras no culminadas. Algunas simplemente dejan de interesar al artista. Otras llegan a un punto en el que continuar trabajando sobre ellas parece más una obligación que una necesidad. También puede ocurrir que una pieza funcione por sí sola, pero no encuentre su lugar dentro de una serie concreta. La selección introduce decisiones que no tienen tanto que ver con la calidad de una obra como con la relación que establece con las demás. Una pieza puede resultar demasiado distinta, cambiar completamente el ritmo de una sala o pertenecer a una investigación que el artista ya ha dejado atrás. En ocasiones, simplemente no es el momento adecuado para mostrarla.
Por eso no es extraño encontrar en un estudio obras terminadas que nunca han sido expuestas. Permanecen allí durante bastante tiempo y, después de unos meses, incluso pueden dejar de llamar la atención de su propio creador, hasta que un día vuelven a aparecer. A veces basta con cambiar de lugar una obra para verla de otra manera. También sucede con los trabajos inconclusos desde el punto de vista del artista.
Una pintura que se abandonó porque parecía no funcionar puede contener una decisión que después resulta útil en otra. Un dibujo o estudio puede terminar abriendo una línea de trabajo nueva. No siempre ocurre, pero forma parte de esa especie de memoria que se va acumulando sin que el artista sea necesariamente consciente de ella.
Aprender también de lo que no funciona
Hay algo incómodo en reconocer que una obra no funciona, sobre todo cuando se ha dedicado mucho tiempo a ella. Durante el proceso es fácil pensar que el problema puede solucionarse con una nueva intervención: añadir algo, quitarlo, cambiar un color o modificar una proporción. A veces esa insistencia consigue resolverlo. Otras veces solo hace que la obra se aleje cada vez más de aquello que tenía al principio. Aprender a reconocer ese momento lleva tiempo y probablemente sea una de las partes menos visibles de la experiencia de un artista.
Con los años, algunos terminan entendiendo que abandonar una obra no equivale necesariamente a perder el trabajo realizado sobre ella. Incluso cuando una pieza no llega a ningún sitio, ha obligado a tomar decisiones, a probar materiales y a enfrentarse a problemas que quizá vuelvan a aparecer más adelante. El aprendizaje no siempre queda asociado a una obra terminada. De hecho, hay ocasiones en las que una obra que no funciona permite comprender mucho mejor qué es lo que sí se quiere hacer después.
Quizá por eso los estudios conservan tantas cosas que, vistas desde fuera, podrían parecer innecesarias. No todo tiene un destino claro. Algunas piezas esperan durante meses antes de volver a ser miradas; otras se reutilizan, se transforman o terminan desapareciendo. También hay obras que parecían haber quedado atrás y que, mucho tiempo después, recuperan un lugar dentro de la investigación del artista. El proceso creativo tiene esa capacidad de recuperar cosas que parecían olvidadas.
La historia que no vemos
Cuando finalmente se presenta una exposición, todo ese recorrido queda oculto. El visitante no ve las pruebas anteriores ni las obras que fueron descartadas, tampoco sabe cuánto tiempo permaneció una pieza sin tocar antes de que el artista volviera a trabajar sobre ella. Y probablemente no tenga por qué saberlo. Una exposición no pretende mostrar todo lo que ha ocurrido en un estudio. Es una selección y, como cualquier selección, deja cosas fuera.
El problema aparece cuando confundimos esa selección con la totalidad del trabajo de un artista. Al contemplar varias obras juntas es fácil imaginar una trayectoria mucho más lineal de lo que realmente ha sido. Entre una obra y otra probablemente hubo trabajos que no llegaron a terminarse, ideas que se abandonaron, materiales que no dieron el resultado esperado y periodos en los que no parecía estar ocurriendo nada. También hubo tiempo dedicado simplemente a mirar, a esperar y a decidir qué no hacer. Todo eso forma parte de una práctica artística, aunque no llegue a la pared de una galería.
Por eso las obras que nunca se exponen también ocupan un lugar dentro de una trayectoria. No porque tengan que esconder un valor especial ni porque toda pieza descartada sea, en realidad, una obra que el mundo no llegó a comprender. Algunas sencillamente no funcionan y otras dejan de tener sentido para quien las hizo. Pero incluso esas obras pueden haber sido necesarias para llegar a otras. Una decisión tomada en una pieza que nunca salió del estudio puede terminar apareciendo, transformada, en una obra que años después ocupa un lugar central en una exposición.
Cuando contemplamos una pieza terminada, vemos el resultado de una serie de decisiones. Lo que no vemos es todo aquello que tuvo que suceder antes para que algunas de esas decisiones permanecieran y muchas otras desaparecieran. El estudio conserva esa parte de la historia y la exposición muestra, finalmente, solo aquello que el artista decidió dejar salir.