Hay personas que llevan mucho tiempo pensando en empezar a dibujar o a pintar, aunque nunca llegan a hacerlo. A veces compran algún material y lo guardan durante meses, otras veces buscan información, observan el trabajo de otros artistas o imaginan cómo sería dedicar unas horas a aprender una técnica, pero la idea termina siempre en el mismo lugar: no saben muy bien por dónde empezar.
No es una sensación extraña. Acercarse al arte desde cero puede resultar más difícil de lo que parece, especialmente cuando uno tiene la impresión de que los demás ya saben algo que nosotros no. En las redes sociales vemos dibujos que parecen realizados con facilidad, pinturas resueltas con seguridad o artistas que parecen tener muy claro lo que quieren hacer, y olvidamos que casi siempre estamos contemplando una parte muy concreta del recorrido. Rara vez vemos los primeros intentos, errores, dudas o el tiempo que ha sido necesario para llegar hasta ese punto.
Quizá por eso una de las primeras dificultades no tenga tanto que ver con aprender a dibujar o a pintar como con permitirse empezar sin saber hacerlo. Existe una cierta incomodidad en enfrentarse a algo en lo que todavía no tenemos experiencia. Estamos acostumbrados a mostrar aquello que sabemos hacer y, sin embargo, aprender algo nuevo implica pasar por una etapa en la que los resultados probablemente no se parezcan demasiado a lo que habíamos imaginado.
En el arte, además, esa distancia puede resultar especialmente evidente. Uno imagina una imagen y descubre que llevarla al papel es bastante más complicado. Observa un objeto que parece sencillo y, al intentar dibujarlo, empiezan a aparecer proporciones y ángulos que antes habían pasado completamente desapercibidas. Lo mismo ocurre con la pintura. Elegir un color es una cosa; conseguir que funcione junto a otros es otra bastante diferente. Descubrir esas dificultades puede resultar frustrante, pero también es una de las primeras formas de empezar a comprender lo que estamos haciendo.
No hace falta saber exactamente qué se quiere hacer
Cuando alguien se plantea empezar a crear, es frecuente que aparezcan demasiadas preguntas al mismo tiempo. ¿Debería comenzar por el dibujo? ¿Es mejor aprender acuarela o pintura? ¿Hace falta tener una idea definida? ¿Qué materiales son necesarios? ¿Y si después de intentarlo descubro que no se me da bien? Son preguntas razonables, aunque también pueden convertirse en una forma de retrasar el momento de empezar mientras esperamos encontrar una respuesta definitiva.
No siempre es necesario tener una dirección clara desde el principio. Para muchas personas, esa dirección aparece después de haber probado cosas diferentes. Alguien puede comenzar dibujando por simple curiosidad y descubrir con el tiempo que lo que realmente le interesa es trabajar con el color. Otra persona puede acercarse a la acuarela porque le atrae la técnica y terminar disfrutando más del proceso de observación que de la propia pintura. No todo el mundo empieza sabiendo qué busca y, en realidad, parte del interés está precisamente en descubrirlo durante el camino.
El aprendizaje permite ir reconociendo afinidades que antes no eran evidentes. Hay materiales con los que uno se siente cómodo desde el primer momento y otros que requieren más tiempo. Algunas personas disfrutan trabajando despacio y observando los detalles, mientras que otras prefieren una manera de hacer más directa. Con el tiempo empiezan a aparecer preferencias e intereses que difícilmente podrían conocerse antes de haber comenzado. Por eso quizá no sea tan importante elegir perfectamente el punto de partida como entender que, si hace falta, siempre se puede cambiar de dirección.
El miedo a hacerlo mal
Hay una frase que se escucha con frecuencia cuando alguien habla de dibujo o pintura: Me gustaría, pero no sé hacerlo. Detrás de esa afirmación suele haber algo más que una falta de experiencia. Muchas veces existe la idea de que, antes de empezar, debería haber una cierta garantía de que el resultado será bueno. Sin embargo, aprender implica precisamente enfrentarse a situaciones en las que todavía no sabemos muy bien qué hacer.
Un dibujo puede tener una proporción equivocada, una acuarela puede comportarse de una manera que no habíamos previsto y una pintura puede llegar a un punto en el que no sabemos cómo continuar. Esto ocurre incluso cuando ya se tiene experiencia. Con el tiempo cambia, sobre todo, la forma de interpretar esas dificultades. Uno aprende a reconocer mejor lo que está ocurriendo y deja de considerar cada problema como una señal de que debería abandonar.
Al principio, sin embargo, es fácil ser demasiado exigente. Se compara el primer dibujo con el trabajo de alguien que lleva años practicando y se espera que una imagen represente exactamente aquello que uno tenía en la cabeza. Esa comparación suele dejar poco espacio para aprender y convierte cada intento en una especie de examen.
Quizá convenga entender los primeros trabajos de otra manera. No como una demostración de lo que somos capaces de hacer, sino como una forma de averiguarlo. Cada intento permite observar algo que antes no estaba claro. A veces se aprende de manera muy concreta, descubriendo cómo funciona una herramienta o cómo resolver un problema determinado. Otras veces el aprendizaje es menos evidente y tiene que ver con familiarizarse con el hecho de mirar, decidir y volver a intentarlo. Cuando desaparece la necesidad de que todo salga bien desde el principio, también resulta más fácil probar soluciones distintas y aceptar que algunas tendrán que modificarse o quedar atrás.
Encontrar tiempo para mirar
Empezar a crear también supone encontrar un espacio para hacerlo. No siempre es sencillo. La mayoría de las personas que se acercan al dibujo o a la pintura no disponen de un estudio ni de grandes periodos de tiempo para dedicarles. Muchas empiezan con unas pocas horas a la semana, en una mesa compartida o en un rincón de casa que después vuelve a tener otra función. Pero contar con un espacio limitado no impide que la práctica comience.
Hay algo interesante en reservar un tiempo concreto para dibujar o pintar. Durante ese tiempo cambia la forma de prestar atención. Un objeto cotidiano deja de ser simplemente algo que está delante y empieza a plantear preguntas. ¿Qué forma tiene realmente? ¿Dónde empieza una sombra? ¿Qué ocurre entre dos colores que parecían iguales? ¿Por qué una parte parece más cercana que otra?
Son cuestiones sencillas, pero terminan modificando la manera de mirar. Quizá esa sea una de las cosas más interesantes de empezar a dibujar o a pintar: no se trata únicamente de producir una imagen. Poco a poco se desarrolla una atención diferente hacia lo que nos rodea. Después de pasar un tiempo intentando representar una figura, un paisaje o una simple taza, es difícil volver a mirarlos exactamente de la misma manera.
Empiezan a percibirse relaciones que antes pasaban desapercibidas. La luz cambia a lo largo del día, los colores nunca son completamente planos y las formas que parecían evidentes resultan ser bastante más complejas cuando se observan con detenimiento. No ocurre de inmediato ni de la misma manera para todo el mundo, pero la práctica termina dejando algo que permanece también fuera del papel o del lienzo.
Empezar por curiosidad
No hace falta tener una vocación definida para acercarse al arte. Tampoco es necesario pensar desde el principio en convertirse en artista o desarrollar una obra personal. Se puede empezar por algo mucho más sencillo: la curiosidad por entender cómo se construye un dibujo, por descubrir qué ocurre cuando el agua se mezcla con el pigmento o por intentar representar una imagen que hemos observado muchas veces.
A partir de ahí, el recorrido puede tomar direcciones muy diferentes. Algunas personas descubren una práctica que termina acompañándolas durante años. Otras simplemente encuentran una manera distinta de dedicar parte de su tiempo. Lo interesante es que ninguna de esas posibilidades necesita estar definida desde el comienzo. Intentar saber demasiado pronto hacia dónde nos llevará algo que todavía no hemos empezado puede convertirse, sin darnos cuenta, en otra forma de no empezar.
Con el dibujo, la pintura o cualquier otra práctica artística, muchas respuestas aparecen después. Primero hay que sentarse, observar algo durante un rato y hacer un intento. Después llegará otro. Algunos serán mejores que otros, pero poco a poco irán formando parte de una experiencia que difícilmente puede comprenderse antes de haberla vivido.
Empezar no requiere saber demasiado. Quizá lo más difícil sea aceptar que al principio habrá cosas que todavía no sabemos hacer y entender que eso no es algo que haya que superar antes de comenzar, sino precisamente la razón por la que tiene sentido aprender.