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El valor del error en el proceso creativo

Hay días en los que una obra parece avanzar sin dificultad. Las decisiones se encadenan con una naturalidad poco habitual y todo da la impresión de dirigirse hacia un lugar bastante claro. Sin embargo, cualquiera que haya pasado tiempo en un estudio sabe que esos días son la excepción. Lo más frecuente es que el proceso creativo avance de otra manera: entre dudas, cambios de dirección y momentos en los que resulta imposible saber si la siguiente decisión acercará la obra a donde necesita llegar o la alejará todavía más.

Desde fuera solemos llamar «error» a todo aquello que no conduce al resultado esperado. Dentro del estudio, esa palabra suele tener un significado mucho menos preciso. Hay errores que efectivamente obligan a empezar de nuevo, pero también hay otros que terminan abriendo caminos que nadie había imaginado al comienzo del trabajo. La diferencia entre unos y otros casi nunca se reconoce en el momento en que ocurren.

Una obra no siempre sabe hacia dónde va

Existe la idea de que el artista trabaja persiguiendo una imagen que ya conoce de antemano y que el proceso consiste únicamente en encontrar la forma de materializarla. En algunos casos puede suceder así, pero muchas veces la obra empieza siendo apenas una intuición. Hay una dirección, una sensación o una pregunta, aunque todavía no exista una respuesta clara.

Es durante el trabajo cuando esa respuesta comienza a aparecer, y en ocasiones, lo hace contradiciendo la idea inicial.

Muchos artistas conocen esa sensación de terminar una jornada convencidos de que una pintura ha tomado un rumbo equivocado. La dejan apoyada contra una pared, deciden no tocarla durante unos días y, al volver a verla, descubren que el problema ya no está donde parecía. A veces incluso comprenden que aquella decisión que consideraban un error era precisamente la que había permitido que la obra empezara a encontrar su identidad.

No ocurre siempre, por supuesto. También existen decisiones que simplemente no funcionan. Pero distinguir unas de otras requiere algo más que técnica. Requiere tiempo.

La distancia también forma parte del trabajo

Hay un momento en casi todos los procesos creativos en el que seguir mirando la obra deja de ayudar. Después de horas de trabajo, la mirada pierde precisión. Todo empieza a parecer excesivo o insuficiente al mismo tiempo y cada nueva intervención parece generar una duda distinta.

Por eso muchos artistas desarrollan pequeños rituales que, vistos desde fuera, pueden parecer extraños. Algunos giran el lienzo, otros cambian la iluminación del estudio, fotografían la obra con el teléfono o simplemente dejan de verla durante varios días. No buscan inspiración. Buscan distancia.

Esa pausa también forma parte del proceso creativo.

Volver a mirar una obra con cierta separación permite descubrir cosas que habían permanecido ocultas mientras el trabajo estaba en marcha. A veces confirma una decisión. Otras obliga a cambiar de rumbo. Y, en ocasiones, simplemente recuerda que no todas las respuestas aparecen el mismo día en que surge la pregunta.

Aprender a trabajar con la incertidumbre

Con el paso de los años, la incertidumbre no desaparece. Lo que cambia es la forma de convivir con ella. Quizá esa sea una de las diferencias más claras entre quien empieza y quien lleva mucho tiempo trabajando. La experiencia no evita las dudas ni garantiza que todas las decisiones sean acertadas. Lo que ofrece es una cierta confianza para seguir avanzando incluso cuando todavía no resulta evidente cuál será el resultado.

En ese sentido, el proceso creativo tiene algo de investigación. No porque exista una respuesta que espera ser encontrada, sino porque cada obra obliga a formular preguntas nuevas. Algunas encuentran solución. Otras permanecen abiertas y reaparecen meses después en un trabajo completamente distinto.

Esa continuidad hace que muchas obras no puedan entenderse de forma aislada. Forman parte de una búsqueda que rara vez termina al concluir una pieza.

Lo que permanece fuera de la vista

Cuando una obra llega a una exposición, todo ese recorrido desaparece. El visitante contempla una imagen que parece haber existido siempre de esa forma, sin imaginar la cantidad de decisiones que quedaron atrás.

No verá las capas que fueron cubiertas, los cambios de composición, las pruebas descartadas ni los días en que la obra permaneció inmóvil porque el artista prefirió esperar antes que intervenir de nuevo. Sin embargo, todo eso sigue estando presente, aunque ya no pueda verse. Forma parte de la historia silenciosa de la pieza y, en cierto modo, también de su resultado final.

Quizá por eso el error ocupa un lugar tan distinto dentro y fuera del estudio. Desde fuera solemos asociarlo a aquello que debía evitarse. Para muchos artistas, en cambio, forma parte de un territorio mucho menos definido, donde las decisiones no siempre pueden juzgarse en el momento en que se toman y donde algunas de las soluciones más interesantes aparecen precisamente cuando el trabajo deja de seguir el camino previsto.